El señor Rochester a sus treinta y tantos de edad, no resulta atractivo. No posee una gran estatura, es ancho de constitución, y su cabello moreno hace juego con su piel, también algo oscura. Los rasgos de su cara son rudos, y él mismo se jacta de que a las damas les parece mucho más presentable por el hecho de que está en posesión de la considerable cantidad de 20.000 libras. Le agrada la idea de que a Jane no le parezca atractivo ni siquiera por esa cantidad.
No son pocas las ocasiones en las que él la manda a llamar, pero tampoco las semanas en las que casi no se ven. De forma pendular él la atrae tanto a sí, como la aleja. Y esta forma refleja la manera de ser del señor Rochester, quien puede ser tan amable como maleducado, quisquilloso y amargado. Por el contrario, sus conversaciones siempre crecen a medida que se producen, destacando las frases de él casi oníricas y fantásticas, que crean enigmas a veces incomprensibles para una Jane, que se salta su austeridad para reír.
El señor Rochester descubre en ella un mundo nuevo. Es pura y muy joven, pues apenas pasa el umbral de los 18. Aún así posee altos ideales y principios, fuerza, imaginación, y un afán de lucha y progreso increíbles. No se le escapa alguna defensa en cuanto a la libertad de escoger de una persona, más allá de su salario y sin permitir que se le falte a su dignidad, al igual que denotar su favor por el avance de la mujer.
Una de las sombrías y frías noches en Thornfield, Jane escucha en el exterior de la puerta de su habitación rasguños y la misma risa siniestra. Decide abogar por la valentía y salir de allí, pero fuera no encuentra a nadie. Sin embargo, hay mucho humo por todas partes, procedente de la habitación del Sr. Rochester, con lo que sale con urgencia hasta ésta, para descubrir que el dormitorio de su señor está incendiado. Costosamente logra despertarlo, y con ello salvar su vida. Él la hace prometer que no contará del suceso a nadie.
Esta es la
prueba definitiva para que ella se dé cuenta de que hay un gran misterio en
Thornfield, y muy peligroso además. Tras este llamativo momento, el señor
Rochester se deja llevar por su propio instinto apasionado y agradecido, y la toma de la mano, creando una de las situaciones más hermosas de toda la
novela. Él trata de agradecerle su acción, pero desde una admiración tan
profunda, que casi la toma entre sus brazos, mientras ella tiembla como un
corderito y trata de mantener el porte. Esta situación la perturba con
nuevas y gratificantes sensaciones, que se contradicen con sus dudas, y el
comportamiento que debiera tener con respecto a su patrón.
No son las 20.000 libras, ni el fuego lo que suavizan y vuelven atractivas las facciones del señor Rochester para Jane. Es su tortura, su complejidad, su magia en la conversación, su inteligencia y ese halo de necesidad de redención, que muestra en cada una de sus conversaciones con ella, cada vez que le habla acerca de su búsqueda de placeres pecaminosos a lo largo de su vida, por un camino, que según él no decidió tomar, pero que tuvo la culpa de seguir.
No son las 20.000 libras, ni el fuego lo que suavizan y vuelven atractivas las facciones del señor Rochester para Jane. Es su tortura, su complejidad, su magia en la conversación, su inteligencia y ese halo de necesidad de redención, que muestra en cada una de sus conversaciones con ella, cada vez que le habla acerca de su búsqueda de placeres pecaminosos a lo largo de su vida, por un camino, que según él no decidió tomar, pero que tuvo la culpa de seguir.
Muy pronto, y antes de que ella vuelva a salir de su habitación para desayunar, el señor Rochester deja la propiedad, sumiendo a Jane en una honda tristeza. No serán pocos los comentarios que Adèle o la señora Fairfax le profesen acerca de su palidez y ensimismamiento. Ambas cosas, que siempre la han acompañado, pero ahora aún más señaladas, sobre todo cuando la señora Fairfax le menciona que hay veces que el señor se va sin avisar y tarda en volver un año, sino más tiempo. A su vez, conoce por primera vez el fantasma de las comparaciones y los celos, ya que también le habla acerca de la señorita Ingram, una joven de buena cuna pero con carencia económica, que se considera la más hermosa y educada del condado, y con la que el señor tiene mucha relación.
Entonces se plantea, ¿qué es ella?
Es muy baja de estatura, delgada, demasiado pálida, y su rostro tampoco le dice mucho. Su ropa es oscura y demasiado sencilla, sus modales los de una institutriz cualquiera, y su educación ni atisba la que probablemente tenga la señorita Ingram. Y además, es pobre… Jane no logra añadirse algún tipo de real virtud, y se siente estúpida por los sentimientos que nota dentro de sí, tratando de rechazarlos, de olvidarlos.
Apenas pasan unas semanas, cuando el señor Rochester vuelve al hogar con unos amigos, entre los que destaca esta chica, la bella señorita Ingram, cuyos encantos de mujer rebosan dejando apagadas a todas las personas de su alrededor. Ella trata de no sentirse celosa, de ser racional y aceptar la circunstancia, pero le cuesta, no puede, se siente sobrepasada, y aún más cuando percibe la dedicación y caballerosidad extrema con la que el señor obsequia a la dama. Jane no quiere compararse con ella para no sufrir, y trata de desvanecer sus sentimientos por el señor Rochester sin conseguirlo. Finalmente, tiene que reconocer que le ama, de una manera sincera y honda, desde las chispas de su intelecto hasta el crepitar de su corazón, y aún así, sabe que tiene que concienciarse. Ella no posee belleza, ni posición social, ni fortuna. No puede esperar que el señor Rochester la ame, por lo mismo por lo que ella le ama a él… por su espíritu.
Durante la estancia de sus amigos, un extranjero, el señor Mason, se presenta, y su visita no es del agrado del señor Rochester. Esa noche, Jane escucha gritos en el tercer piso y se convierte en cómplice de su patrón, quien calma a los demás, pero le pide a ella ayuda para cuidar del señor Mason, quien ha sido apuñalado y mordido por una mujer, según su críptica conversación le deja entrever. Rochester consigue un doctor y lo hace salir de la mansión antes del amanecer. Aunque todo lo sucedido la horrorice, por el amor y respeto que siente hacia su patrón logra controlar su curiosidad acerca de los pormenores que expliquen lo que ha pasado.
El señor
Rochester decide contarle, como amiga suya que es, unos sentimientos que lo
perturban, por una mujer fresca, joven, saludable, que casi como un ángel ha
aparecido en su vida para ayudarle a salir de sus infiernos, y ella, aunque
notablemente entristecida, no sabiendo cuánto iba a aguantar una conversación
sobre la mujer que ella piensa, (la señorita Ingram), hace lo que puede para
razonarle que si sólo hay indisposición económica, pero que la señorita es de
su alcurnia y la ama, nada más puede impedir su unión. Le expresa que debe
alejarse de esos convencionalismos infelices, y que ella haría cualquier cosa por
él, siempre que sea correcta, nada en contra de sí misma, de él, o de Dios.
Cuando su señor termina la
conversación y se va, el cochero de Gateshead llega de forma sorpresiva para
informarla de que su primo John ha muerto y que la señora Reed que ha sufrido
una apoplejía desea verla.
Su marcha se llena con una despedida correcta, pero de fondo casi delirante del señor Rochester, quien no quiere dejarla ir.
Su marcha se llena con una despedida correcta, pero de fondo casi delirante del señor Rochester, quien no quiere dejarla ir.
La señora Reed se encuentra en un
estado de agonía con momentos de lucidez. No ha cambiado en absoluto, como Jane
ya imaginaba, pero en las puertas de la muerte mil cosas le crean
remordimientos y entre ellas el trato que le dio a Jane. Le cuenta que tres
años antes había recibido una carta de su tío, John Eyre, preguntando por ella
para adoptarla, y que ella le contestó inventándose que había muerto en el
internado de Lowood. Cualquier cosa con tal de no verla progresar, y de que
siguiera pasando penurias.
Si hay algo que le queda claro cuando contempla Thornfield a su vuelta, es que aquel sitio es el único hogar que ha conocido, y que algunas de las personas de su interior; la señora Fairfax, Adèle y el señor Rochester, son las únicas que le importan, y que la corresponden con su cariño. Ellos son su familia, y su señor en concreto, es el hombre al que ama en cuerpo, alma, mente y corazón. Sólo a él, a su complicado, malhumorado, excéntrico, perdido y desesperado señor. El mismo que le asesta un duro golpe cuando recién vuelve. Le dice en su primer encuentro que ella tiene que marcharse de allí en poco tiempo, puesto que va a contraer matrimonio. Incluso llega a decirle que ya tiene una nueva posición para ella, siendo institutriz en una casa en Irlanda. Jane, no logra contenerse, llora y le confiesa que le resulta insoportable la idea de separarse de Thornfield y de él. Le exclama que para una vez que no era vejada y maltratada, para una vez que llegaba a amar un sitio y a unas personas de verdad, le resulta terriblemente doloroso abandonarlo. Pero que tampoco puede soportar el quedarse sabiendo que él iba a tener una esposa. Y termina diciendo entre lágrimas, que aunque sea pequeña, pobre y oscura, no es una máquina, tiene sentimientos, y que si ella fuera mucho más hermosa, y con fortuna, a él le resultaría tan difícil abandonarla como a ella abandonarlo. Porque ella no le habla desde el cuerpo, sino desde el espíritu, y en espíritu y frente a Dios, los dos son exactamente iguales.
Consternado por la declaración, el señor Rochester le pide que se case con él, y ella cree que él está burlándose. Él le confiesa que todo fue una farsa en cuanto a la señorita Ingram. Necesitaba la forma de enamorarla, de hacerla despertar a él, de hacerla sentir celos, y por eso la llamaba al salón de fiestas cada noche, para que observara a la señorita Ingram junto a él, y saber si así podía asegurarse de que ella estuviera tan enamorada de él como él de ella. La triste Jane Eyre, burlada y que había perdido muchas de las ilusiones de su vida a borbotones, resurge en ilusión en el propio tópico de un ave fénix, y acepta casarse.
El plan es realizar la boda en un mes, que está comprendido por un cortejo tan inusual como las relaciones que entre ambos han tenido lugar hasta ahora. Jane quiere darse su sitio, conservar el respeto de su antiguo patrón, y rechaza sus regalos y halagos para demostrarle que ella no es una mujer como las que él está acostumbrado a tratar. De hecho, le escribe una carta a su recién descubierto tío, dejándole saber de su planeado matrimonio, pues la idea de tener una fortuna propia y algo de independencia con respecto al señor Rochester la ilusiona.
Un par de días antes de la boda, mientras el sr. Rochester está de viaje por asunto de negocios, Jane despierta en medio de la noche, y encuentra en la oscuridad a una mujer desconocida, quien hace trizas de su velo de novia, y se le acerca con una vela. Jane se desmaya de la impresión. Cuando se lo cuenta al señor Rochester, éste pretende convencerla de que se trató de Grace Poole, pero que su desbordante imaginación quiso transformar el aspecto de la criada.
Llega el día de la boda, y Jane ataviada sencilla pero elegante, parece mucho más hermosa de lo normal, más que por su vestido blanco, por su felicidad. Es consciente de que al fin va a dejar de ser la triste Jane Eyre, para convertirse en una mujer que desconoce totalmente, pero que cree que no la desagradará: la señora Rochester.
La boda se tiene que celebrar muy temprano, y sin apenas asistencia de nadie. El señor Rochester después de un breve reconocimiento y tras maravillarse de su hermosa novia, la toma rápidamente del brazo y la lleva a la iglesia. Ella nota que él está muy nervioso, pero trata de asimilarlo al evento que va a producirse… Y no se equivoca, sólo que el evento que va a producirse va a ser otro bien distinto. Cuando el sacerdote invoca la famosa frase de “hable ahora o calle para siempre”, un abogado, el señor Briggs, dice que conoce un impedimento para la unión, ya que el señor Rochester se había casado hacía 15 años con Bertha Antoineta Mason, hermana de Richard Mason, quien se encuentra allí también para probarlo. Además, dice que vive en la misma Thornfield Hall.
Rochester guía a todos a la casa y les muestra los aposentos de Grace Poole, y a su custodiada, una mujer enloquecida, con el mismo comportamiento de un animal salvaje que trata de agredirlos. Jane queda destrozada, se siente engañada, pero ha logrado comprenderlo todo. Al fin une los hilos de los misteriosos acontecimientos en Thornfield, e incluso parte del carácter de su patrón. Briggs le la informa que su carta a su tío, en la que le contaba de su matrimonio, recibida mientras Mason estaba con él en Madeira, ya que ambos no sólo se conocían, sino que eran amigos y vivían en el mismo lugar, ha propiciado que se aventuraran a rescatarla de esta manera.
Mientras pasan largas horas en las que Jane no hace más que encerrarse a llorar y maldecirse en su habitación, sin probar comida en todo el día, el señor Rochester había estado tumbado frente a la puerta de su habitación. Cuando llega la noche y ella sale, él, aplicando la sinceridad de la que no hizo uso en su momento, le cuenta que su matrimonio fue arreglado por su padre y su hermano mayor, aún sabiendo de la debilidad mental que corría en la familia de los Mason, pues la joven era una rica heredera. Fue engañado en pro de la ambición paterna, y él era demasiado joven y no pudo comprender entonces que la seducción para con ella, no fue sólo objeto de ella sino de los que tenía alrededor. Se casaron y vivieron en Jamaica. Su matrimonio como tal duró 4 años, tortuosos, en los que ella era infiel, tenía períodos de violencia y locura, que sólo conseguían aplacarse si él la agredía, porque era lo que a ella le gustaba, pero él no se sentía capaz.
Cuando su padre y su hermano murieron, le quedó una gran fortuna, a parte de la que había amansado en ese matrimonio, y decidió volver con su propio demonio personal, Bertha, a su amada Inglaterra. Encerró a la mujer en una habitación de Thornfield, y trató de vivir su vida como si nada hubiera sucedido, contratando a Grace Poole para que la cuidara, y a un doctor que venía a verla de vez en cuando. Nadie más sabía de la existencia de su esposa. Fue a partir de entonces cuando decidió viajar por todo el mundo, y dejarse llevar por los placeres y los vicios, como una única válvula de escape a su horror. Sin embargo, una primavera volvió destrozado como siempre a aquella prisión, en la que se hallaba su horror, y conoció Jane. Una especie de ángel de luz, cuya pureza podría redimirlo. Y de la forma más natural del mundo se enamoró de ella.
Él le promete llevársela a Europa y dedicarse a ella como a una esposa por el resto de su vida. Jane se siente conmovida, siente pena por su señor. Ambos se aman, y él parece que es capaz de hacer algo terrible si ella le rechaza. Está desesperado, llora, y da vueltas como un león enjaulado, esperando que ella le perdone. Pero piensa… ¿No sería como otra de sus amantes si no se da a valer y él se la lleva a Europa? Él se acabaría cansando, y la abandonaría al igual que a las demás. Le encantaría lanzarse en sus brazos y olvidarse de todo pero, su voluntad tiene que ser firme. Sigue sus preceptos, y sabe que esa situación no acarrearía ningún bien para ambos. Aunque una mujer que desea progresar, cree en el matrimonio, y también cree en las leyes de Dios, y ello tiene que estar por encima de su corazón, que sabe que se vería olvidado, porque los hombres lo que toman fácilmente lo abandonan también de la misma forma.
Esa noche, mientras el señor Rochester espera que reconsidere y se entregue a la vida que él le ofrece, Jane escapa de la casa, y toma un coche con el poco dinero que tiene, rumbo a una ciudad desconocida.
A falta de dinero suficiente el cochero la deja en un cruce desolado. Jane se encuentra sin dinero, ni alimento, ni refugio, y pasa tres días en esas circunstancias, mendigando y durmiendo en los pantanos. Al cuarto día se atreve a acercarse a una casa, pero la sirvienta la echa, y ella se desmaya en la entrada. El hijo de su dueño, que recién ha fallecido, St. John Rivers, la encuentra y decide que él y sus hermanas la acogerán hasta que la salud de la muchacha se restablezca. Una vez que eso ocurre, St. John la interroga, y ella le cuenta toda su historia, pero dándose un alias y sin mencionar otro nombre. El joven, que es párroco le ofrece un empleo, pero se muestra poco considerado, insensible, y muy altivo. Las muchachas de la casa, hermanas de éste, son muy cariñosas, y desde el principio la acogen como a una hermana. Ellas, además, son también institutrices y no están en la casa más que durante el período de duelo de su padre.
Un día, reciben una carta informándoles de la muerte de un tío al que nunca conocieron, porque tuvo conflictos con su padre. Precisamente por ese rencor, se les informa de que no van a recibir nada de su cuantiosa herencia, y que absolutamente todo ha ido a parar a otro familiar.
St. Rivers le consigue a Jane empleo como maestra de una escuela que la señorita Oliver, hija del hombre más rico del pueblo, desea abrir para las hijas de los campesinos. Si bien Jane está lejos de complacida en su nueva ocupación, pues no está acostumbrada a lidiar con campesinos, agradece de corazón la ayuda del señor Rivers, y pasa a compadecerlo cuando se da cuenta de que él está enamorado de la señorita Oliver, pero que está en su carácter negarse a ceder ante sus deseos carnales, y el propósito de convertirse en misionero le cierra esta posibilidad de felicidad terrenal.
Jane pinta un retrato de la señorita Oliver, y el señor Rivers se fija que en la cubierta está la firma de ésta, quien probando su lápiz ha escrito su nombre verdadero, lo que nos lleva a una curiosa revelación. Vuelve a aparecer el abogado Briggs en escena, quien le había escrito a St John preguntándole por una tal Jane Eyre, una pariente suya, a quien su tío, John Eyre de Madeira, ha dejado toda su fortuna, pero nadie sabe de ella desde que desapareciera de Thornfield. St. John, y sus hermanas, Mary y Diana, son primos de Jane por parte de madre. A Jane la noticia del dinero no la impresiona demasiado, pero sí el hecho de que de pronto y al fin, encuentra a una familia con la que no sólo está a gusto sino que es su propia familia, por ley, por sangre. Con gratitud, Jane divide sus 20.000 libras de herencia entre los cuatro, logrando así que sus primas dejen de ejercer de institutrices y puedan vivir todos juntos en un mismo hogar.
A pesar de todo esto, no hay que dejar de mencionar que Jane sigue sufriendo por el señor Rochester, de forma muy silenciosa, pero eso no le quita la profundidad de su dolor. Cuando St. John le pide que se case con él y lo acompañe a Oriente a su misión, aunque la idea de irse con él la atrae, realizar un matrimonio por vocación y no por amor la perturba, y no cree que pueda casarse de esa manera, por lo que lo rechaza en varias ocasiones tratando de convencerle de que la lleve con él pero como una hermana. Sin embargo, St John es persuasivo y su propia altivez y voz de hierro casi la convencen, cuando ella escucha la voz del señor Rochester llamándola, a lo lejos, como un fantasma del pasado. Entonces, escapa en su búsqueda.
Cuando llega a Thornfield, encuentra la mansión en ruinas. Es informada de que en otoño la señora Rochester inició un incendio, durante el cual se suicidó saltando del techo de la mansión, y que el señor Rochester ha quedado ciego, y ha perdido una mano. Ella emprende averiguaciones y encuentra a su señor, mucho menos sin altivez, con el porte caído, el orgullo y el carisma deshechos, el pelo en puras greñas con barba, y los ojos perdidos, obsoletos… Embutido en ropa desordenada, y con su mutilación oculta por debajo.
Charlote Brontë nos ofrece un reencuentro conmovedor, que se traduce de la exasperación más terrible a la esperanza más apasionada. Nos habla de cómo dos mitades descarnadas de un mismo ser, cuya hemorragia parecía insoportable, vuelven a unirse.
El señor Rochester la cree como un sueño que se va a desvanecer cuando llegue el día, y le cuenta cómo la noche en la que ella creyó oírle cuando estaba con St John, él la había llamado de verdad. Cómo de la manera más mágica dos gemelos con un lenguaje propio se habían comunicado en la distancia.
A la mañana siguiente nada es un sueño. Ella lo acoge, para ser su compañera y su enfermera mientras se recupere. Él la acoge también y la hace su esposa.















