21 de abril de 2012

Jane Eyre - Parte II


El señor Rochester a sus treinta y tantos de edad, no resulta atractivo. No posee una  gran estatura, es ancho de constitución, y su cabello moreno hace  juego con su piel, también algo oscura. Los rasgos de su cara son rudos, y él mismo se jacta de que a las damas les parece mucho más presentable por el hecho de que está en posesión de la considerable cantidad de 20.000 libras. Le agrada la idea de que a Jane no le parezca atractivo ni siquiera por esa cantidad.


No son pocas las ocasiones en las que él la manda a llamar, pero tampoco las semanas en las que casi no se ven. De forma pendular él la atrae tanto a sí, como la aleja. Y esta forma refleja la manera de ser del señor Rochester, quien puede ser tan amable como maleducado, quisquilloso y amargado. Por el contrario, sus conversaciones siempre crecen a medida que se producen, destacando las frases de él casi oníricas y fantásticas, que crean enigmas a veces incomprensibles para una Jane, que se salta su austeridad para reír.

El señor Rochester descubre en ella un mundo nuevo. Es pura y muy joven, pues apenas pasa el umbral de los 18. Aún así posee altos ideales y principios, fuerza, imaginación, y un afán de lucha y progreso increíbles. No se le escapa  alguna defensa en cuanto a la libertad de escoger de una persona, más allá de su salario y sin permitir que se le falte a su dignidad, al igual que denotar su favor por el avance de la mujer.

Una de las sombrías y frías noches en Thornfield, Jane escucha en el exterior de la puerta de su habitación rasguños y la misma risa siniestra. Decide abogar por la valentía y salir de allí, pero fuera no encuentra a nadie. Sin embargo, hay mucho humo por todas partes, procedente de la habitación del Sr. Rochester, con lo que sale con urgencia hasta ésta, para descubrir que el dormitorio de su señor está incendiado. Costosamente logra despertarlo, y con ello salvar su vida. Él la hace prometer que no contará del suceso a nadie.

Esta es la prueba definitiva para que ella se dé cuenta de que hay un gran misterio en Thornfield, y muy peligroso además. Tras este llamativo momento, el señor Rochester se deja llevar por su propio instinto apasionado y agradecido, y la toma de la mano, creando una de las situaciones más hermosas de toda la novela. Él trata de agradecerle su acción, pero desde una admiración tan profunda, que casi la toma entre sus brazos, mientras ella tiembla como un corderito y trata de mantener el porte. Esta situación la perturba con nuevas y gratificantes sensaciones, que se contradicen con sus dudas, y el comportamiento que debiera tener con respecto a su patrón.


No son las 20.000 libras, ni el fuego lo que suavizan y vuelven atractivas las facciones del señor Rochester para Jane. Es su tortura, su complejidad, su magia en la conversación, su inteligencia y ese halo de necesidad de redención, que muestra en cada una de sus conversaciones con ella, cada vez que le habla acerca de su búsqueda de placeres pecaminosos a lo largo de su vida, por un camino, que según él no decidió tomar, pero que tuvo la culpa de seguir.


Muy pronto, y antes de que ella vuelva a salir de su habitación para desayunar, el señor Rochester deja la propiedad, sumiendo a Jane en una honda tristeza. No serán pocos los comentarios que Adèle o la señora Fairfax le profesen acerca de su palidez y ensimismamiento. Ambas cosas, que siempre la han acompañado, pero ahora aún más señaladas, sobre todo cuando la señora Fairfax le menciona que hay veces que el señor se va sin avisar y tarda en volver un año, sino más tiempo. A su vez,  conoce por primera vez el fantasma de las comparaciones y los celos, ya que también le habla acerca de la señorita Ingram, una joven de buena cuna pero con carencia económica, que se considera la más hermosa y educada del condado, y con la que el señor  tiene mucha relación.

Entonces se plantea, ¿qué es ella?

Es muy baja de estatura, delgada, demasiado pálida, y su rostro tampoco le dice mucho. Su ropa es oscura y demasiado sencilla, sus modales los de una institutriz cualquiera, y su educación ni atisba la que probablemente tenga la señorita Ingram. Y además, es pobre… Jane no logra añadirse algún tipo de real virtud, y se siente estúpida por los sentimientos que nota dentro de sí, tratando de rechazarlos, de olvidarlos.

Apenas pasan unas semanas, cuando el señor Rochester vuelve al hogar con unos amigos, entre los que destaca esta chica, la bella señorita Ingram, cuyos encantos de mujer rebosan dejando apagadas a todas las personas de su alrededor. Ella trata de no sentirse celosa, de ser racional y aceptar la circunstancia, pero le cuesta, no puede, se siente sobrepasada, y aún más cuando percibe la dedicación y caballerosidad extrema con la que el señor obsequia a la dama. Jane no quiere compararse con ella para no sufrir, y trata de desvanecer sus sentimientos por el señor Rochester sin conseguirlo. Finalmente, tiene que reconocer que le ama, de una manera sincera y honda, desde las chispas de su intelecto hasta el crepitar de su corazón, y aún así, sabe que tiene que concienciarse. Ella no posee belleza, ni posición social, ni fortuna. No puede esperar que el señor Rochester la ame, por lo mismo por lo que ella le ama a él… por su espíritu.

Durante la estancia de sus amigos, un extranjero, el señor Mason, se presenta, y su visita no es del agrado del señor Rochester. Esa noche, Jane escucha gritos en el tercer piso y se convierte en cómplice de su patrón, quien calma a los demás, pero le pide a ella ayuda para cuidar del señor Mason, quien ha sido apuñalado y mordido por una mujer, según su críptica conversación le deja entrever. Rochester consigue un doctor y lo hace salir de la mansión antes del amanecer. Aunque todo lo sucedido la horrorice, por el amor y respeto que siente hacia su patrón logra controlar su curiosidad acerca de los pormenores que expliquen lo que ha pasado.

El señor Rochester decide contarle, como amiga suya que es, unos sentimientos que lo perturban, por una mujer fresca, joven, saludable, que casi como un ángel ha aparecido en su vida para ayudarle a salir de sus infiernos, y ella, aunque notablemente entristecida, no sabiendo cuánto iba a aguantar una conversación sobre la mujer que ella piensa, (la señorita Ingram), hace lo que puede para razonarle que si sólo hay indisposición económica, pero que la señorita es de su alcurnia y la ama, nada más puede impedir su unión. Le expresa que debe alejarse de esos convencionalismos infelices, y que ella haría cualquier cosa por él, siempre que sea correcta, nada en contra de sí misma, de él, o de Dios.

Cuando su señor termina la conversación y se va, el cochero de Gateshead llega de forma sorpresiva para informarla de que su primo John ha muerto y que la señora Reed que ha sufrido una apoplejía desea verla.

Su marcha se llena con una despedida correcta, pero de fondo casi delirante del señor Rochester, quien no quiere dejarla ir.

La señora Reed se encuentra en un estado de agonía con momentos de lucidez. No ha cambiado en absoluto, como Jane ya imaginaba, pero en las puertas de la muerte mil cosas le crean remordimientos y entre ellas el trato que le dio a Jane. Le cuenta que tres años antes había recibido una carta de su tío, John Eyre, preguntando por ella para adoptarla, y que ella le contestó inventándose que había muerto en el internado de Lowood. Cualquier cosa con tal de no verla progresar, y de que siguiera pasando penurias.

Si hay algo que le queda claro cuando contempla Thornfield a su vuelta, es que aquel sitio es el único hogar que ha conocido, y que algunas de las personas de su interior; la señora Fairfax, Adèle y el señor Rochester, son las únicas que le importan, y que la corresponden con su cariño. Ellos son su familia, y su señor en concreto, es el hombre al que ama en cuerpo, alma, mente y corazón. Sólo a él, a su complicado, malhumorado, excéntrico, perdido y desesperado señor. El mismo que le asesta un duro golpe cuando recién vuelve. Le dice en su primer encuentro que ella tiene que marcharse de allí en poco tiempo, puesto que va a contraer matrimonio. Incluso llega a decirle que ya tiene una nueva posición para ella, siendo institutriz en una casa en Irlanda. Jane, no logra contenerse, llora y le confiesa que le resulta insoportable la idea de separarse de Thornfield y de él. Le exclama que para una vez que no era vejada y maltratada, para una vez que llegaba a amar un sitio y a unas personas de verdad, le resulta terriblemente doloroso abandonarlo. Pero que tampoco puede soportar el quedarse sabiendo que él iba a tener una esposa. Y termina diciendo entre lágrimas, que aunque sea pequeña, pobre y oscura, no es una máquina, tiene sentimientos, y que si ella fuera mucho más hermosa, y con  fortuna, a él le resultaría tan difícil abandonarla como a ella abandonarlo. Porque ella no le habla desde el cuerpo, sino desde el espíritu, y en espíritu y frente a Dios, los dos son exactamente iguales.

Consternado por la declaración, el señor Rochester le pide que se case con él, y ella cree que él está burlándose. Él le confiesa que todo fue una farsa en cuanto a la señorita Ingram. Necesitaba la forma de enamorarla, de hacerla despertar a él, de hacerla sentir celos, y por eso la llamaba al salón de fiestas cada noche, para que observara a la señorita Ingram junto a él, y saber si  así podía asegurarse de que ella estuviera tan enamorada de él como él de ella. La triste Jane Eyre, burlada y que había perdido muchas de las ilusiones de su vida a borbotones, resurge en ilusión en el propio tópico de un ave fénix, y acepta casarse.

El plan es realizar la boda en un mes, que está comprendido por un cortejo tan inusual como las relaciones que entre ambos han tenido lugar hasta ahora. Jane quiere darse su sitio, conservar el respeto de su antiguo patrón, y rechaza sus regalos y halagos para demostrarle que ella no es una mujer como las que él está acostumbrado a tratar. De hecho, le escribe una carta a su recién descubierto tío, dejándole saber de su planeado matrimonio, pues la idea de tener una fortuna propia y algo de independencia con respecto al señor Rochester la ilusiona.

Un par de días antes de la boda, mientras el sr. Rochester está de viaje por asunto de negocios, Jane despierta en medio de la noche, y encuentra en la oscuridad a una mujer desconocida, quien hace trizas de su velo de novia, y se le acerca con una vela. Jane se desmaya de la impresión. Cuando se lo cuenta al señor Rochester, éste pretende convencerla de que se trató de Grace Poole, pero que su desbordante imaginación quiso transformar el aspecto de la criada.

Llega el día de la boda, y Jane ataviada sencilla pero elegante, parece mucho más hermosa de lo normal, más que por su vestido blanco, por su felicidad. Es consciente de que al fin va a dejar de ser la triste Jane Eyre, para convertirse en una mujer que desconoce totalmente, pero que cree que no la desagradará: la señora Rochester.

La boda se tiene que celebrar muy temprano, y sin apenas asistencia de nadie. El señor Rochester después de un breve reconocimiento y tras maravillarse de su hermosa novia, la toma rápidamente del brazo y la lleva a la iglesia. Ella nota que él está muy nervioso, pero trata de asimilarlo al evento que va a producirse… Y no se equivoca, sólo que el evento que va a producirse va a ser otro bien distinto. Cuando el sacerdote invoca la famosa frase de “hable ahora o calle para siempre”, un abogado, el señor Briggs, dice que conoce un impedimento para la unión, ya que el señor Rochester se había casado hacía 15 años con Bertha Antoineta Mason, hermana de Richard Mason, quien se encuentra allí también para probarlo. Además, dice que vive en la misma Thornfield Hall.

Rochester guía a todos a la casa y les muestra los aposentos de Grace Poole, y a su custodiada, una mujer enloquecida, con el mismo comportamiento de un animal salvaje que trata de agredirlos. Jane queda destrozada, se siente engañada, pero ha logrado comprenderlo todo. Al fin une los hilos de los misteriosos acontecimientos en Thornfield, e incluso parte del carácter de su patrón. Briggs le la informa que su carta a su tío, en la que le contaba de su matrimonio, recibida mientras Mason estaba con él en Madeira, ya que ambos no sólo se conocían, sino que eran amigos y vivían en el mismo lugar, ha propiciado que se aventuraran a rescatarla de esta manera.

Mientras pasan largas horas en las que Jane no hace más que encerrarse a llorar y maldecirse en su habitación, sin probar comida en todo el día, el señor Rochester había estado tumbado frente a la puerta de su habitación. Cuando llega la noche y ella sale, él, aplicando la sinceridad de la que no hizo uso en su momento, le cuenta que su matrimonio fue arreglado por su padre y su hermano mayor, aún sabiendo de la debilidad mental que corría en la familia de los Mason, pues la joven era una rica heredera. Fue engañado en pro de la ambición paterna, y él era demasiado joven y no pudo comprender entonces que la seducción para con ella, no fue sólo objeto de ella sino de los que tenía alrededor. Se casaron y vivieron en Jamaica. Su matrimonio como tal duró 4 años, tortuosos, en los que ella era infiel, tenía períodos de violencia y locura, que sólo conseguían aplacarse si él la agredía, porque era lo que a ella le gustaba, pero él no se sentía capaz.

Cuando su padre y su hermano murieron, le quedó una gran fortuna, a parte de la que había amansado en ese matrimonio, y decidió volver con su propio demonio personal, Bertha, a su amada Inglaterra. Encerró a la mujer en una habitación de Thornfield, y trató de vivir su vida como si nada hubiera sucedido, contratando a Grace Poole para que la cuidara, y a un doctor que venía a verla de vez en cuando. Nadie más sabía de la existencia de su esposa. Fue a partir de entonces cuando decidió viajar por todo el mundo, y dejarse llevar por los placeres y los vicios, como una única válvula de escape a su horror. Sin embargo, una primavera volvió destrozado como siempre a aquella prisión, en la que se hallaba su horror, y conoció  Jane. Una especie de ángel de luz, cuya pureza podría redimirlo. Y de la forma más natural del mundo se enamoró de ella.

Él le promete llevársela a Europa y dedicarse a ella como a una esposa por el resto de su vida. Jane se siente conmovida, siente pena por su señor. Ambos se aman, y él parece que es capaz de hacer algo terrible si ella le rechaza. Está desesperado, llora, y da vueltas como un león enjaulado, esperando que ella le perdone. Pero piensa… ¿No sería como otra de sus amantes si no se da a valer y él se la lleva a Europa? Él se acabaría cansando, y la abandonaría al igual que a las demás. Le encantaría lanzarse en sus brazos y olvidarse de todo pero, su voluntad tiene que ser firme. Sigue sus preceptos, y sabe que esa situación no acarrearía ningún bien para ambos. Aunque una mujer que desea progresar, cree en el matrimonio, y también cree en las leyes de Dios, y ello tiene que estar por encima de su corazón, que sabe que se vería olvidado, porque los hombres lo que toman fácilmente lo abandonan también de la misma forma.

Esa noche, mientras el señor Rochester espera que reconsidere y se entregue a la vida que él le ofrece, Jane escapa de la casa, y toma un coche con el poco dinero que tiene, rumbo a una ciudad desconocida.

A falta de dinero suficiente el cochero la deja en un cruce desolado. Jane se encuentra sin dinero, ni alimento, ni refugio, y pasa tres días en esas circunstancias, mendigando y durmiendo en los pantanos. Al cuarto día se atreve a acercarse a una casa, pero la sirvienta la echa, y ella se desmaya en la entrada. El hijo de su dueño, que recién ha fallecido, St. John Rivers, la encuentra y decide que él y sus hermanas la acogerán hasta que la salud de la muchacha se restablezca. Una vez que eso ocurre, St. John la interroga, y ella le cuenta toda su historia, pero dándose un alias y sin mencionar otro nombre. El joven, que es párroco le ofrece un empleo, pero se muestra poco considerado, insensible, y muy altivo. Las muchachas de la casa, hermanas de éste, son muy cariñosas, y desde el principio la acogen como a una hermana. Ellas, además, son también institutrices y no están en la casa más que durante el período de duelo de su padre.

Un día, reciben una carta informándoles de la muerte de un tío al que nunca conocieron, porque tuvo conflictos con su padre. Precisamente por ese rencor, se les informa de que no van a recibir nada de su cuantiosa herencia, y que absolutamente todo ha ido a parar a otro familiar.

St. Rivers le consigue a Jane empleo como maestra de una escuela que la señorita Oliver, hija del hombre más rico del pueblo, desea abrir para las hijas de los campesinos. Si bien Jane está lejos de complacida en su nueva ocupación, pues no está acostumbrada a lidiar con campesinos, agradece de corazón la ayuda del señor Rivers, y pasa a compadecerlo cuando se da cuenta de que él está enamorado de la señorita Oliver, pero que está en su carácter negarse a ceder ante sus deseos carnales, y el propósito de convertirse en misionero le cierra esta posibilidad de felicidad terrenal.

Jane pinta un retrato de la señorita Oliver, y el señor Rivers se fija que en la cubierta está la firma de ésta, quien probando su lápiz ha escrito su nombre verdadero, lo que nos lleva a una curiosa revelación. Vuelve a aparecer el abogado Briggs en escena, quien le había escrito a St John preguntándole por una tal Jane Eyre, una pariente suya, a quien su tío, John Eyre de Madeira, ha dejado toda su fortuna, pero nadie sabe de ella desde que desapareciera de Thornfield. St. John, y sus hermanas, Mary y Diana, son primos de Jane por parte de madre. A Jane la noticia del dinero no la impresiona demasiado, pero sí el hecho de que de pronto y al fin, encuentra a una familia con la que no sólo está a gusto sino que es su propia familia, por ley, por sangre. Con gratitud, Jane divide sus 20.000 libras de herencia entre los cuatro, logrando así que sus primas dejen de ejercer de institutrices y puedan vivir todos juntos en un mismo hogar.

A pesar de todo esto, no hay que dejar de mencionar que Jane sigue sufriendo por el señor Rochester, de forma muy silenciosa, pero eso no le quita la profundidad de su dolor. Cuando St. John le pide que se case con él y lo acompañe a Oriente a su misión, aunque la idea de irse con él la atrae, realizar un matrimonio por vocación y no por amor la perturba, y no cree que pueda casarse de esa manera, por lo que lo rechaza en varias ocasiones tratando de convencerle de que la lleve con él pero como una hermana. Sin embargo, St John es persuasivo y su propia altivez y voz de hierro casi la convencen, cuando ella escucha la voz del señor Rochester llamándola, a lo lejos, como un fantasma del pasado. Entonces, escapa en su búsqueda.

Cuando llega a Thornfield, encuentra la mansión en ruinas. Es informada de que en otoño la señora Rochester inició un incendio, durante el cual se suicidó saltando del techo de la mansión, y que el señor Rochester ha quedado ciego, y  ha perdido una mano. Ella emprende averiguaciones y encuentra a su señor, mucho menos sin altivez, con el porte caído, el orgullo y el carisma deshechos, el pelo en puras greñas con barba, y los ojos perdidos, obsoletos… Embutido en ropa desordenada, y con su mutilación oculta por debajo.

Charlote Brontë nos ofrece un reencuentro conmovedor, que se traduce de la exasperación más terrible  a la esperanza más apasionada. Nos habla de cómo dos mitades descarnadas de un mismo ser, cuya hemorragia parecía insoportable, vuelven a unirse.

El señor Rochester la cree como un sueño que se va a desvanecer cuando llegue el día, y le cuenta cómo la noche en la que ella creyó oírle cuando estaba con St John, él la había llamado de verdad. Cómo de la manera más mágica dos gemelos con un lenguaje propio se habían comunicado en la distancia.

A la mañana siguiente nada es un sueño. Ella lo acoge, para ser su compañera y su enfermera mientras se recupere. Él la acoge también  y la hace su esposa.


2 de marzo de 2012

Jane Eyre - Parte I

No sé si esto  que he escrito haya tenido mucho interés para alguien, o al menos algo, pero pido disculpas por la tardanza en seguir con el blog. Tuve que abandonarlo por los exámenes, y luego me ha costado bastante coger el hilo.

Antes de seguir con los bloques de Época Georgiana, de los que ya existe su primera parte, quisiera condecorar mi vuelta hablando de un libro muy especial para mí y para muchas personas, y como viene siendo típico en lo que escribo, para muchas mujeres.


Existen infinidad de razones por las que un libro se transforma en un pilar para alguien. Entre las más comunes, hallamos el casual o quizá destinado momento, en el que aparece ese manojo de páginas, como un bálsamo, que no nos hubiera afectado en otro momento cualquiera. Que nos hace sentir bendecidos, ayudados, y/o completos, y aún más si interviene nuestro ego; encontrándonos identificados al 100% con un personaje.

Eso fue lo que hizo Jane Eyre conmigo. Fue el primer libro que me fulminó, y por el que caí en picado en la lectura, que si ya era una agradable opción para mí, desde entonces fue una adoración absoluta. Opté por él por pura intuición en una feria del libro de mi colegio de primaria y secundaria. Era una edición de Bolsillo de la editorial Everest con 478 páginas que devoré en menos de dos días allá por el año 2001. Sin embargo, la intuición solo me llevó a cogerlo, cuando pude fijarme, sin duda fue cuando me decidí a comprarlo. En su portada había dibujada una mujer en pleno éxtasis, y estirando su cuello hacia una ventana tormentosa, mientras dejaba desenvolver por toda la imagen su largo cabello cobrizo. Fue atracción inmediata.

¿Hubo identificación con el personaje?

Cuando eres de esos niños que se quedan contemplando la forma de las nubes, en vez de jugando al fútbol, al escondite, a las muñecas, o a interpretar el papel de un adulto; cuando eres de esa clase de niños perdidos en fantasías, y que se embriagan con cualquier acto de la naturaleza, y que siguen el camino solos, te identificas antes o después con este personaje, como con tantos otros que son almas gemelas de Jane, y que ya os descubriré más adelante.

No se trata solo de las circunstancias físicas de la vida de una persona, o de un libro, sino de la capacidad de comprender, de ser como otro, aunque ese otro forme parte de un papel y una cubierta. Eso une definitivamente.

La autora de Jane Eyre

Charlotte Brontë fue una escritora inglesa dedicada a la novela,  que nació en Yorkshire en 1816. Hija de un clérigo, Patrick Brontë, y de su esposa,
Maria Branwell.

Tenía cinco hermanos, con los que compartía su pasión por la escritura, ya fuese en prosa o lírica. De ellos destacamos a las también famosas
Emily y Ana Brontë.  


La historia de estos hermanos tiene miga, por resultar bastante trágica en general, por eso le dedicaremos en otra ocasión su apartado correspondiente.

Cuando Charlotte solo tenía 5 años, su madre falleció, y tres años más tarde fue enviada junto con su hermana Emily a un internado en Lancashire, en el que ya se encontraban sus dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth. Allí se produjo una gran epidemia de tuberculosis, causa por la que estas dos últimas hermanas murieron, y por la que la familia trató de sacar lo antes posible a Charlotte y a Emily.

Consiguieron ambas ingresar en un internado privado en Bruselas, del que tuvieron que volver rápidamente por el fallecimiento de su tía. Emily se quedó como administradora de la casa de ésta, mientras los demás hermanos se desperdigaban tratando de buscarse la vida.

Su hermana Anne se puso a trabajar como institutriz con una familia cerca de York, en la que también entró a trabajar su hermano Branwell , aunque no tardaron en despedirlo por haberse enamorado de la mujer de su patrón. A partir de aquí Branwell se dedicaría básicamente  a beber y al opio.


Fue a finales de los años 40 del siglo XIX, cuando las hermanas eclosionaron en la literatura, escribiendo y publicando sus novelas. La primera fue precisamente Jane Eyre, de Charlotte, que fue un éxito rotundo. Más tarde vendría Agnes Grey de Anne, o Cumbres borrascosas de Emily.

Sin embargo esta creatividad volvería a verse atormentada y finalmente aniquilada por la enfermedad que ya las acusó en el pasado, y que terminó con la vida de sus padres y hermanos. Una por una, cada hermana Brontë fue falleciendo de tuberculosis, y Branwell murió de sus propios vicios en la misma época. La última de los Brontë, Charlotte, murió recién casada y embarazada en el año 1855.


La novela


La primera publicación de Jane Eyre, como ya he mencionado, data de 1847. Su título original era Jane Eyre: una autobiografía.

Se la sitúa tanto por la temática, como por la época en la que le tocó nacer, como novela romántica. Y con esa etiqueta se encumbró a su autora, Charlotte Brontë, que en los primeros tiempos de la publicación usó un pseudónimo, Currer Bell, que no tardó en desvanecer en la segunda edición, para aparecer su nombre real y sin tapujos en la autoría. Actualmente es un clásico de la literatura en lengua inglesa.

Al poco de su publicación obtuvo un doble éxito inmediato, tanto por parte del público como por la crítica. Muchos escritores del momento dieron su apoyo y defendieron a capa y espada a la novela.
Se ha especulado acerca de si su primer título, aquello de “una autobiografía”, se refiere realmente a la vida de Charlotte.  No deja de ser cierto que hay matices muy autobiográficos, como por ejemplo las experiencias que tiene la protagonista en un internado, que podrían también relacionarse con las que tuvo ella. Lo que no está tan claro es si sería una autobiografía propiamente dicha, sobre todo en el tema del personaje del señor Rochester, quien mantiene una relación amorosa conflictiva con la protagonista de la novela. Aunque sí se comenta, que por el tiempo en el que la escribía, tenía una relación de amor secreto con un profesor belga llamado Constantin Heger.
 
Aunque esta relación pudo contener cierta inspiración para Jane Eyre, lo que sí se sabe a ciencia cierta, es que inspiró con plenitud su obra Villete publicada en 1853. En ella se relatan las desgracias de una joven enamorada de su profesor belga, el cual no le correspondía.

Sobre ello he encontrado un artículo que tiene menos de un mes, y que fue publicado en el periódico ABC.  Aquí os dejo un enlace por si tenéis mayor curiosidad acerca de su relación. Para resumiros un poco, el artículo nos habla de que han salido a la luz las cartas que escribió Charlotte Brontë a este profesor belga, comprobando la autenticidad de ese amor secreto que antes había sido ocultado hasta por su biógrafa por excelencia, la famosísima escritora Elizabeth Gaskell. También nos relata las peripecias que ha sufrido el material,  y su presentación pública en un libro en el que se reunen otros conjuntos de cartas de otros autores famosos.

http://www.abc.es/20120206/cultura-libros/abci-cartas-amor-charlotte-bronte-201202061132.html
Argumento

La historia se narra en primera persona a través de su protagonista, Jane Eyre.

De primeras se nos presenta con la apariencia de una niña de 10 años sometida y despreciada por su familia, o más bien, parte de ella, ya que es huérfana de padre y madre. Por ello saca de sí una constante rebeldía y reafirmación, tanto como se enfunda en la lectura, en la fantasía, en el salón de su casa, en el más allá de una ventana a la que se aferra, escondida entre sus cortinas. Se esconde y se defiende.

Fue acogida por el señor Reed,  hermano de su madre, tras el fallecimiento de ésta. En el libro se expone que fue tratada con cariño mientras vivía su tío, para ser totalmente vejada por su esposa,
 la tía Reed, y sus hijos, una vez que su tío desapareció. Esta mansión en la que pasa parte de su infancia se llama Gateshead Hall.


Cuando Jane no soporta más la manera en la que la tratan, con total injusticia, y desprecio psicológico y físico, empieza a rebelarse aún más que con anterioridad, justo lo que busca su tía Reed. Es la excusa perfecta para deshacerse de ella y enviarla a un internado para niñas: Lowood, una institución que se financia por donaciones privadas, para educar a huérfanas normalmente de baja clase social.

El director de la escuela, el señor Brocklehurst, trata de convertir a las niñas en seres abnegados, sobrios y pacientes, con mucho poder de resistencia, para convertirse en el futuro en lo que él concibe como una mujer: esposa, criada o institutriz útil que no cause problemas a su hombre ni a su patrón. Cree que la manera para incrementar esta personalidad, es hacer uso de muchos castigos físicos, y de dejarlas pasando hambre y frío.

Existen dos personajes amables para Jane en este agujero negro. Por una parte encontramos a la señorita Temple. Es una de sus profesoras, y lleva la juventud, la inteligencia y la sensibilidad consigo allá donde va. Le toma mucho cariño a Jane, pero no tanto como Helen Burns, nuestro otro personaje “cálido”. Es una pequeña y frágil niña pelirroja, que se hace muy amiga de Jane, pero que no tarda en morir de pulmonía, marcando de por vida con su amor y con su fe a nuestra protagonista. A través de Helen, Jane descubre a Dios.

Después de una epidemia de tuberculosis, se mejoran las condiciones de la escuela, y Jane pasa unos 8 años completos en Lowood, entregándose a su educación, para ser profesora allí mismo durante los dos  últimos años de su estancia.

Jane deja de ser la niña rebelde y apasionada, para convertirse en un ave oscura, pequeña, callada y terriblemente fuerte; en la mujer para la que ha sido educada. Aunque todo esto no es sino una cáscara que solo se sostiene ante los ciegos. Es evidente a cada paso silencioso que da, y que la caracteriza una vez que crece, que dentro de ella hay multitud de ansias, de colores, de vida, esperando que alguien las despierte.


El motivo de su marcha transcurre cuando su querida señorita Temple se casa. Siente que nada la ata allí, por eso pone un anuncio en el periódico ofreciendo sus servicios como institutriz. Recibe respuesta afirmativa de la señora Fairfax de Thornfield, quien le ofrece una cuantía mucho mayor de la que ella espera recibir, así que acepta con gratitud.



La señora Fairfax es el ama de llaves. Ésta le da una muy calurosa bienvenida a la enorme casa solariega que es Thornfield Hall, y le explica que tiene que ser institutriz de una chica francesa, Adèle Varens, cuya edad se encuentra en los 8 años, y que no tiene idea alguna de hablar en inglés. Esta niña es custodiada por el que es el verdadero patrón de Jane, el señor Rochester, dueño de esa mansión que visita muy de vez en cuando, porque es un hombre con numerosos negocios en el extranjero.

Ya en su primer recorrido por la mansión junto con la señora Fairfax, Jane escucha  gritos y risas lunáticas que la señora  asimila a una criada, Grace Poole.


Jane es una inconformista, y aunque su situación ha mejorado, quiere más y más libertad. Conocer todos esos mundos que solo su cabeza puede imaginar, porque no le es permitido ver más allá del horizonte por ser mujer y pobre.

Thornfield es una casa apartada, solitaria, y en invierno muy fría. Su rutina la agobia y la aburre, por lo que sale a caminar muchas veces al pueblo más cercano. En una de estas caminatas, un caballo casi la arrolla, pero consigue apartarse antes de que éste caiga contra el suelo, y junto a él, el caballero que va montado. Trata de ayudarlo aunque desconfía de ese extraño. Aún con más lógica ya que las charlas con un hombre para Jane han sido prácticamente nulas en los años de su vida. Le llama la atención la arrogancia graciosa de este caballero, que se marcha sin decir su nombre, y que sin embargó la espeta hasta saber el tipo de oficio que tiene en Thornfield.

Cuando vuelve a la casa se da cuenta de que se trata de su patrón, el señor Rochester, al cual no había visto hasta ese momento. Las formas en las que éste se comunica con ella son mucho más directas y ácidas. No tiene ningún tipo de delicadeza o decoro, como debiera ser en un caballero de su rango, que sin embargo  reconoce el mérito que tiene el trabajo que ha ejercido sobre su pupila, quien al parecer ha mejorado mucho en su educación en los meses en los que ella la ha tratado.

También elogia algo a lo que ya es hora de hacer mención de Jane: sus dibujos, sus mágicos dibujos, algunos más realistas y otros puramente del fondo de su alma.

Jane queda  un poco horrorizada por el comportamiento de su patrón. La señora Fairfax le explica que el señor Rochester no heredó aquellas propiedades hasta hacía unos 9 o 10 años atrás, cuando muere su hermano mayor. También que es un hombre complicado, frustrado y con bastante mal humor, pero que suele ser un buen patrón por lo general.


Por alguna razón que al principio resulta desconocida, el señor Rochester pronto le profesa a Jane una admiración profunda y extraña, tratando por todos los medios de convertirla en su confidente y amiga. Llega a tal punto de intimidad que le cuenta cómo quizá Adèle es su hija, por una aventura que tuvo con una bailarina francesa años atrás.

2 de enero de 2012

Época Georgiana: historia, política, derecho y sociedad. Parte I.

Algunos la llaman “La Edad de la Aristocracia”, pero se la reconoce formalmente como “época georgiana”; un período de tiempo que dio comienzo en Inglaterra con la coronación del rey Jorge I en 1714, y que inauguró la Casa de Brunswick. Transcurrió durante este reinado y otros tantos que le siguieron: de los reyes Jorge II, Jorge III y Jorge IV, hasta 1811, (o 1830, según el historiador.) Dentro de esta época corresponde otro período de importancia como fue la Regencia, llamada así por el gobierno regente de Jorge IV como príncipe de Gales.

Jorge I de Inglaterra

Es la época de transición de la Reforma a la Ilustración en el continente europeo, que trajo consigo un gran desarrollo de lo que conocemos hoy como democracia moderna, y que creó numerosos tesoros  en  la índole del arte. Sin duda, se afianzó el término a todos los ámbitos de definición social y artística, destacando un momento clave como fue la creación del Museo Británico a mediados del siglo XVIII.

Haciendo un apunte centralizador a nuestra autora analizada hasta ahora, Jane Austen, podemos decir que vivió en la etapa de transición del siglo XVIII al XIX, del final de la regencia y la época georgiana, hacia el principio de la victoriana, aunque en su obra siempre aguanta con cierto conservadurismo los valores y el tiempo de vida y cultura georgianos, explayándose en la sociedad rural, sin apenas mencionar los cambios que estaban produciéndose, que eran pasos agigantados hacia la modernidad; La Revolución industrial, El Colonialismo inglés y Las Guerras Napoleónicas.

La Revolución Industrial


Por una parte, recién explotaba la Revolución Industrial, cuya semilla tuvo además su situación en el lugar donde la autora residía, (en las zonas rurales), por lo que antes de la propia Revolución industrial, suele mencionarse como un precedente muy importante la Revolución agraria, cuyas repercusiones sociales cambiarían la manera de vivir establecida durante tanto.

La Primera Revolución Industrial comenzó en Gran Bretaña. La causa principal es que tenía una mentalidad mucho más liberal que sus países vecinos, por lo que pudo desarrollarse mucho más en el mercado. Es importante anotar que fue el único país que no cayó en las garras del absolutismo, que mantuvo su Parlamento, y que además, éste, o tenía un poder mayor al de la monarquía o era igualitario. Los restantes países estaban cercados en su desarrollo económico por un dominio monárquico absolutista que sólo miraba su ombligo.  A pesar de ello no tardaron en sumarse otros países con el avance del siglo XIX, (Alemania, Estados Unidos, y otros núcleos de una Segunda Revolución Industrial como Francia o Bélgica.)

El lento trabajo manual y artesanal, se ve cambiado por la industria, la máquina que trabaja, cuyo mecanismo hizo más impecables, rápidas y mayores las producciones, apareciendo la producción en serie, que exigía mano de obra poco cualificada, y bajo el mismo o menor costo. Ejemplo de ello es la mecanización de la industria textil, que fue la pionera en el cambio.

La expansión del comercio fue notable, al mejorar las rutas de transportes y el transporte en sí, sobre todo a partir del nacimiento del ferrocarril o la máquina de vapor. Esto provocó mayores controles en las fronteras, que no sólo evitaron robos/pérdidas del material, sino la propagación de enfermedades.

La población en pro de la industrialización, que daba mayor oportunidad de trabajo, fue emigrando del campo a la ciudad, concurriendo en una masificación de mano de obra que produjo a su vez una masificación y un boom de las fábricas. La consecuencia fue una despersonalización de las relaciones de trabajo. De los trabajos familiares se pasó a la alienación industrial.



La modernización en la agricultura, la mejora de la alimentación y la higiene, y los adelantos en la medicina, produjeron un crecimiento demográfico, naciendo el proletariado, como la gran masa dominante, como "los trabajadores", que comenzaban a verse como verdaderos individuos con derechos. De ahí la aparición de la que se llamó “cuestión social”.

También trajo consigo un gran deterioro del ambiente y del paisaje. Una explotación sin contról de una tierra cada vez más degenerada.

Con el Tratado de Utrecht en el año 1713 se liberalizan plenamente las relaciones de comercio de Inglaterra con otros países europeos, que la siguieron más tarde. Poco a poco la política se imperializa y se vuelve 100% expansionista, mientras en el interior de los países se van perdiendo privilegios del pasado, y se desamortizan muchas tierras y propiedades, sobre todo de la Iglesia. En el sentido económico las fronteras se rompían.

Fue Gran Bretaña la gran dirigente de este imperialismo y de esta expansión. Fue la industrial textil algodonera el sector importante de su industrialización y de mayor ganancia. Más tarde lo sería, entre otros, el ferrocarril.

El capitalismo industrial fue llevado con astucia por Gran Bretaña, hasta tal punto que fue la gran potencia hasta finales del siglo XIX, y una gran financiera y comercial hasta la Primera Guerra Mundial.

Mucho más tiempo tardaron América del Norte, Japón, Francia, Alemania y Bélgica en industrializarse. (Hasta finales del XIX y principios del XX.)

España es uno de los ejemplos más tardíos, y su industrialización fue muy tímida y a cuenta gotas, y hasta la primera mitad del siglo XX estuvo cogiendo ritmo industrial.

El mundo había cambiado en muy poco tiempo; usábamos máquinas, el paisaje de campo iba perdiéndose por el del humo, la suciedad, y los edificios y calles minúsculos, y arduas horas de trabajo en cubículos.  Las largas distancias iban desapareciendo a favor del tren y del barco de vapor. La comida era menos escasa y había mejores medios higiénicos y médicos, por supuesto, para quien pudiera pagarlo. Es decir, las mejoras para los pobres, seguían siendo nada, o incluso empeoraron por las condiciones de vida que les otorgaba su nueva vida en la ciudad. La transformación social, era más que evidente, aunque fuera de forma negativa para el proletariado: La clase trabajadora que antes marchaba en el campo y que luego se ahogó en la ciudad; el agricultor que se convirtió en obrero de fábricas.

La carencia de casas y de habitaciones en la ciudad no tardó en hacerse insostenible, y los sitios que había en muchas ocasiones no se encontraban al precio adecuado para la clase social marginada, que trabajaba a veces más de 14 horas, que incluía niños entre sus trabajadores, que cobraban una miseria con la que a veces no podían ni pagarse la comida, y eran dirigidos por unos patrones que podían hacer cuanto quisieran con ellos, ya que estaban totalmente desamparados de protección legal. Además, si lograban un lugar donde establecerse,  solía ser una habitación minúscula, sin comodidades mínimas, y con una falta de higiene total.

Por otra parte encontramos a la burguesía, que también evolucionó de la ruralidad a lo industrial. Estas revoluciones que son aparentemente sociales, en el concepto positivo que implica una mejora para “todos”, no fueron sino otra de las papeletas, de los escaparates, que sólo y únicamente mejoraron la vida y el poder de los burgueses, de la aristocracia, de los comerciantes, de los grandes empresarios, que afianzaban con sumo cuidado el sistema capitalista, y la “gloriosa”propiedad privada. Porque ya la nobleza, los títulos, no resultaban tan relevantes como la fortuna, el poder del dinero, y la libertad económica.

La situación precaria de los obreros, y la pobreza en general, se convirtieron en un problema antes o después, y tras las críticas, se sucedieron lentamente muchas fórmulas para solucionarlo, desde las más idealistas y “justas”, a las más racionales, pasando incluso por el comunismo. Una propuesta destacada es el socialismo, por parte de Karl Marx, que exponía la necesidad de la revolución del proletariado, en solitario, y que debía abolirse la propiedad privada.

Colonialismo inglés


Encontramos los fuertes tirones y saqueos del colonialismo inglés, que atrajeron mucha riqueza y nuevos y exóticos elementos a la vida cotidiana, (cerámicas indias, sedas, etc.), y que le darían a Inglaterra el a veces honorable y a veces temido nombre de “Imperio Británico”. Éste comprendía todos los territorios dominados, los protectorados, las colonias, o cualquier territorio administrado por el Reino Unido entre los siglos XVI y XX.

El Imperio que llegaría a alcanzar cotas en el siglo XX de 458 millones de personas de población y unos 34 millones de kilómetros cuadrados de extensión, comenzó una andadura realmente fuerte a finales del XVIII gracias a la Revolución Industrial, que lo paseó como dueño de la expansión del  comercio y la conquista arrasadora de esos países que “había que civilizar”.

De las innumerables colonias que ha poseído el Imperio Británico, podemos hablar de Australia hasta Camerún, de Camerún hasta las Indias; Irak, Canadá, Australia, Estados Unidos, Kuwait, Hong Kong… Millares de lugares de todos continentes, de los cuales, muchos hoy como independientes, conforman grandes potencias del mundo.

Las Guerras Napoleónicas

El período georgiano acoge muchas grandes guerras y situaciones de crisis tanto en Gran Bretaña como en su exterior.

Luchas por las colonias entre países, especialmente por las colonias de África o La India; períodos de anarquía en Marruecos; los horrores de los pogromos que sufrió el pueblo judío en Rusia; las diferentes masacres y rebeliones  de América en su búsqueda por igualdad con la metrópolis, (Gran Bretaña), y para terminar con los abusos que se les practicaba "por ser ingleses de segunda clase", o finalmente, para independizarse de ésta. Se llegó a los famosos Congresos Continentales, y a La Guerra de la Independencia, que culminó en 1783 con la Declaración de Independencia de las colonias americanas.


Y  sólo son algunos ejemplos de la cantidad ingente de acontecimientos que se sucedieron.Pero son otras historias que ya nos alcanzarán en el tiempo y la temática en sus entradas correspondientes.

Sin embargo, sí vamos a centrarnos en un episodio que ocurrió en la época exacta en la que nuestras cabecitas se posan al pensar en la época georgiana, hallándose en la actualidad de la vida y las novelas de Jane Austen, que afectó a toda Europa y que sin embargo, si algo se menciona sobre ello, es de pasada en la novela Persuasión. Hablamos de las Guerras Napoleónicas.



En París transcurre un hecho histórico en 1789; el asalto a la cárcel de la Bastilla. Fue el detonante que puso en marcha la Revolución Francesa, conocida por todos. Desencadenó múltiples revueltas, masacres, conspiraciones, e incluso la muerte de sus reyes, y proclamó el ideal del “gobierno del pueblo para el pueblo”, junto con la afirmación definitiva de la libertad individual. Aunque sin duda es un argumento escuálido e introductorio de un hecho tan importante para la humanidad, también había de ser mencionado antes  de ser desarrollado con el tiempo, a la vez que para introducir a uno de los comandantes por excelencia de la Revolución Francesa; Napoleón Bonaparte, que se convirtió en un emperador para Francia, a través, precisamente, de esa búsqueda de igualdad y de gobierno del pueblo, y sobre todo de ese nacionalismo francés que ansiaba una república democrática. Véase la ironía.

Una vez tomado el poder por Napoleón, inició su conquista del mundo, tratando de hacer de Francia un nuevo Imperio Romano; “el Imperio Francés”. Llegó a invadir países tan alejados como Egipto y doblegó a muchos ejércitos. Arrasaba a su paso, no sólo por su poder en la guerra, sino por su capacidad de publicidad. Llegó a convencer al populacho de que todo cuanto hacía era en favor de su libertad como pueblo, y reformó el derecho, codificando a más no poder la legislación francesa, y estableciendo el Código Civil, como ejemplo para los muchos países que  con el paso de los años lo tomaron como propio, apenas corrigiendo algún detalle.  

Evidentemente, ningún país estaba seguro ni iba a quedarse tranquilo. Entre conquistas y respuestas en enfrentamientos, hallamos las Guerras Napoleónicas, una serie de conflictos militares que se sucedieron en el gobierno de Napoleón. Son el símbolo de ruptura entre Francia y Reino Unido. Francia se vio enfrentándose a todos, y doblegada por sus aliados, hasta el breve período de paz con el Tratado de Amiens de 1802.  Sin embargo, no terminarían hasta la Batalla de Waterloo en 1815.

Los motivos por los que Inglaterra se tomó mucho más a pecho combatir no tanto a Francia, como a su Revolución, fueron el debilitar a este país que era su enemigo de por vida,  evitar tendencias regicidas, al igual que se habían sucedido con esa revolución, y proteger el reino de Hannover cuyo rey era el rey de Inglaterra.

Después de algunas firmas de paz infructuosas, Napoleón se planteó el invadir Inglaterra, intención que perdió tras el gran fracaso de la Batalla de Trafalgar.

Cuando en España Napoleón puso como rey a su hermano José, Inglaterra quiso ayudar a los españoles mandando a sus tropas. Se sentía ya como un perro rabioso que no pensaba darle tregua a Napoleón, por lo que éste tuvo que aparecer en persona varias veces por España para combatirlo. En Cádiz, España, fue la primera vez  que Francia perdió una batalla, justamente en ese país de “curas, ignorantes, fulanas, etc…” como siempre declararía Napoleón. Para él, España no era más que un terreno fácil. Subestimarla le costó caro.

Inglaterra se convirtió en una campaña antifrancesa en sí misma, y el ambiente estaba infestado de esa tendencia hasta en los lugares más recónditos.

Más batallas y más conquistas, hasta que el propio desgaste llevó a la caída de Napoleón en 1814, que volvió de nuevo desde Elba, no mucho después, obligando a Inglaterra a volver también a la guerra.

La Gran Bretaña nunca cedió y estuvo al pie del cañón impidiendo el paso y tratando de destruir al imperio de Napoleón, y estuvo hasta el final, cuando junto a los holandeses, consiguieron derrotar a Francia en la Batalla de Waterloo.

25 de diciembre de 2011

El Sr. Darcy: la clave y el delirio

Mucho se ha hablado del poder de atracción de la obra de Austen, y en especial de Orgullo y prejuicio; la novela basada en una de las familias más cómicas y enternecedoras de la literatura, por sus aventuras en busca de marido para sus hijas, y todo lo que ello les acarrea.

La escritora consiguió plasmar su vida cotidiana de una manera explícita convirtiéndose hoy en día en nuestro complejo de la edad de oro, y en un escrito costumbrista por excelencia.

Describe el cambio de siglo, la gente y sus problemas más básicos y escondidos, por encima de la hipocresía y las apariencias. Todo con ese halo de sátira en su punto para otorgar a cada una de sus frases. Ninguno de los personajes escapa de esta actitud, tanto como de una profundización psicológica que los define, los acerca, y el autor los asimila a veces más reales que uno mismo. Se reconcentra de tal manera en la vida de ese pequeño grupo de la sociedad inglesa, que deja a parte los terribles acontecimientos que se producen no muy lejos de allí, (ya que estaban en plena Revolución Francesa y toma de poder napoleónica). Aunque tiende a mencionarlo elegantemente y de pasada, pero como decimos, sin dejarle mucho sitio.

La facilidad de su nudo argumental también ayuda a la lectura fácil y con placer del lector, pues se representa el matrimonio, la decisión más importante que dejaban acarrear  a una mujer por aquel entonces, y que marcaría su vida, ya que no podía dedicarse a otras cosas, ni arrepentirse de ello sin quedar “mancillada”, e incluso en algunos aspectos, condenada al ostracismo de relaciones sociales. Las hermanas Bennet, en este caso, consiguen, (algunas más que otras), traspasar esos obstáculos y crecer, para tomar una buena decisión con respecto a sus vidas, eligiendo a una pareja por los cánones correctos; el sentimiento de afecto mutuo y la seguridad económica.

Sin duda las ideas del matrimonio y el amor, hacen que siga atrayendo esta obra actualmente. No se ha visto envejecida, a pesar de que ya muchos de los problemas y circunstancias que refleja han sido superados, o al menos mejorados. (Destacando la situación actual de la mujer.)

El tópico del amor en crisis que resuelve los problemas y llega a su culmen sin dejar un cabo suelto, la facilidad del argumento, la dinámica rápida de su continuidad, los comportamientos de la sociedad pasada, (el decoro, el cortejo), la picaresca de los dobles sentidos de su lectura, o los personajes graciosos, como la histérica madre que quiere casar a sus hijas a toda costa, el clérigo “pagafantas”, la  “bruja” aristócrata, dominante y maligna que pretende deshacer la historia con su poder... Y cómo no, el príncipe y la princesa, que bajan de su nube para tener tantos o más defectos que nosotros, los que leemos.



Algunos dirán que por cultura, otros que por educación, y otros que por propia característica de sexo, pero es cierto que este tipo de literatura suele ser preferida por mujeres. (Al menos reconocidamente en público.)Por tanto, a pesar de todas las cualidades atractivas en las que trabajó Jane Austen, sin duda, la que tuvo que perfilar, para ser el centro de atención, la clave, y el instrumento de vicio, era el personaje del Sr. Darcy. Probablemente sin una buena caracterización de este personaje, hoy la obra no sería lo que es. O al menos no con la misma intensidad. Él es el núcleo de esa realización plena que ya mencionamos en el anterior post con el alcance del príncipe azul.
Fitzwilliam Darcy es uno de los protagonistas de la novela de Orgullo y prejuicio. Es un caballero inglés, que tiene 27 años y es dueño de una enorme y hermosísima propiedad llamada Pemberly, en el condado de Derbyshire. Es el contrapunto masculino y el enamorado del personaje de Elizabeth Bennet, para quien al principio es un ser despreciable, y que finalmente se convierte en su segunda opción de matrimonio, que además logra consumarse.



Se le ha caracterizado millones de veces como un hombre inteligente, tímido, muy rico, orgulloso, arrogante, temeroso y prejuicioso  ante los extraños, pero que sufre una transformación cuando se encuentra entre sus allegados, mostrándose afectivo, condescendiente, generoso y con una bondad de rango infinito.

Quizá el nerviosismo y la timidez, le evocan, la primera vez que se halla ante Elizabeth, el sentimiento de que ella es inferior socialmente a él, y decide demostrarlo ya que se encuentra desencajado de su mundo, fuera de su hábitat; aunque es seguro que su propia educación como caballero de alto  estatus también tiene que ver con ello. Sabe que ha de tener mucho cuidado pues  le suelen  admirar sólo por su posición, y el potencial económico que viene detrás. Sin embargo, en contra de todo cuanto le habían enseñado, de todos sus fuertes valores que mantiene  hasta en las situaciones más espinosas, se derrite ante Elizabeth Bennet, y no puede no sólo no negar lo que siente, sino, el callar sus sentimientos hacia ella, por lo que se declara insolentemente, en plena contradicción, y por eso, entre otros motivos, es rechazado.

Su punto más flaco ni siquiera es su honor, o el honor de su rango, sino su hermana Georgiana, de 16 años, a la que acaeció una circunstancia trágica por un personaje que ayuda a enaltecer aún más a Darcy.

George Wickham es su rival. Es guapo, atractivo, educado, con un carisma social abrumador, y además, soldado. (Un fetiche que ya por aquella época era muy considerado entre las mujeres. El eterno uniforme… ¡Cómo perviven algunas cosas!) Su padre fue administrador de las propiedades de la familia Darcy, por lo que se criaron juntos desde pequeños. Wickham tuvo una relación muy estrecha con Darcy padre, que dispuso en su herencia el legarle unos bienes.

Su encanto extremo, como esa clase de hombre embelesador con todos los atractivos, pero que en el fondo sabemos que esconde algo perjudicial, y sin embargo nos sigue atrapando como un imán, encubre, propiamente, un carácter deshonesto, hipócrita, vacío, y además conspirador, que llevó a engañar a Georgiana cuando sólo tenía 15 años, y casi logró raptarla, sólo para heredar su cuantiosa dote, ya que lo que había heredado de Darcy padre lo había gastado en vicios en un abrir y cerrar de ojos. No llega a cuajar el rapto, porque Darcy se lo impide, y en vez de haber quedado ridiculizado y tachado de toda relación en sociedad por la declaración de Darcy sobre sus actos, queda impune porque éste decide callar por prudencia con su hermana.

He aquí un efecto definitivo: Darcy el antihéroe que se descubre como héroe y víctima. Tiene el peligro que se desea, unido a la caballerosidad y un trozo de tragedia en su vida. Combina todas las posibilidades con más o menos intensidad en un mismo hombre. Por eso el personaje de Wickham, aunque fascina, nunca termina de posarse encima de Darcy. Se queda cojo, porque él sólo es la atracción peligrosa.

¡Y no nos quedamos aquí! Wickham se fuga con Lydia Bennet, pero es encontrado por Darcy, que le busca incansablemente, y que le soborna para que se case con ella.

Darcy, además, reniega de los cánones aristocráticos que se le exigen, se enfrenta a su tía, y va a por todas casándose con una mujer de bajo rango, con una familia que no soporta, pero decididamente con el ser humano con el que quiere estar: aquí se nos ofrece el paquete completo.

----------

Aunque no puedo negar que me encante, sí que me asusta el cierto fanatismo que suele acarrear en las féminas. ¡Imagino un lugar muy inseguro, una plataforma en la que se hallen sus infinitas fans de todas las épocas y edades y un pobre Sr. Darcy por ahí suelto!

Se han hecho de Orgullo y Prejuicio obras de teatro de todas clases, películas en cine y televisión.

¿Cuántas páginas de Facebook pueden haber en numerosos idiomas sólo por fascinación del Sr. Darcy, y cuántos participantes?



... y blogs, y fan fics, novelas inspiradas, o basadas en él, ¡incluso como vampiro!

Y aquí me hallo yo con este escrito, y muchos más que aparecerán. Tengo la sensación de que se convertirá en un personaje atemporal, si no lo es ya.

Admiro las dedicacatorias de muchas mujeres, algunas más elocuentes, y otras más empalagosas, o incluso desesperadas:

“Si hay un personaje literario por el que he suspirado y por el que no dejo de suspirar cada vez que leo su historia, ese es sin duda el Sr. Fitzwillian Darcy.”

“Es un hombre que toda mujer desearía llevarse a su casa.”

“Mr. Darcy es el mejor hombre del Universo”

Su riqueza, su belleza, su porte, su elegancia, su educación, su misterio, su cultura, su timidez... Su fragilidad en búsqueda de protección, su sentido de la justicia, su fondo tierno, afectuoso y entretenido, su preocupación por los que sabe que son buenas personas y se hayan en una situación peor a la de él, ya sea por pobreza o dolencia... Su apariencia como hombre apasionado al que se ha de descubrir, su manera de arriesgarlo todo por lo que cree, su fidelidad…

Su heroicidad y victimismo, ya comentados, sumados a sus defectos, como la lealtad egoísta por sus amigos que arrasa cualquier cosa sin apreciar previamente la realidad, su cabezonería, sus sentimientos conflictivos, su asimilación de los prejuicios sociales como inamovibles, su orgullo, su insolencia, y su elitismo obsesivo, que logra apaciguar gracias a Elizabeth, conforman todos sus atractivos, hasta los que son incoherentes y masoquistas pero que lo acogen como la idea más cierta o más equivocada de "el hombre 10".

¿Hacen realmente de él todos estos aspectos un hombre perfecto?



Evidentemente hay que seguir un criterio totalmente subjetivo para responder, y cada uno tendrá su respuesta. Lo que sí puedo apreciar,  es que aquello que no conoces fielmente y en la realidad, no puede ser sino una idea de cómo crees que sería, y por tanto no un hecho fehaciente. Todos sabemos de muchas personas cuyos idealismos y estereotipos se han caído de golpe cuando han hallado lo que pensaban que necesitaban, o lo que era “perfecto” para ellos.

Es bueno no perder el norte, aunque se disfrute de la fantasía/consuelo, y no olvidar nunca que el Sr. Darcy es un personaje de novela, que además ha sido escrito por una mujer. Creo que no hace falta explicar esta frase.

No existen hombres “perfectos” ni mujeres “perfectas”, y ni siquiera sé hasta qué punto uno puede definir o juzgar esos términos, pero si se quiere disfrutar sólo de lo ideal, creo que no hace falta definirlo, siempre y cuando no despreciemos lo real.

Existen muchas personas, de muchas condiciones y caracteres y no debemos rechazarlos en pro de una idea nebulosa. Quizá si te quedas esperando tanto tiempo a ese Sr. Darcy omitiendo a personas de las que has podido enamorarte, o al menos sentir un afecto declarado, llegue un momento que a la vuelta de la esquina no haya nadie más, y hayas perdido oportunidades determinantes en tu vida.

El Sr. Darcy es un prisma completo, es un todo, pero los seres humanos reales somos trozos de cristal, no un kit de adjetivaciones, por tanto no lo necesitamos todo, ni lo somos todo. Esperamos el reflejo correcto, el brillo elemental, y la identificación más racional o irracional, con esa personita con la que quieres pasar veinticuatro horas, una semana, cuatro años o 3 vidas.

Así que os animo a seguir admirándolo y recreándoos, y también a dar un buen achuchón a vuestro “Sr. Pérez”, “Sr. Martínez”, “Sr. García”, etc, etc, etc., si lo tenéis, y si lo queréis… Porque todo sea dicho, ¡estar soltero/a no está nada mal! ;P

Las dos interpretaciones de cine/TV más recientes del Sr. Darcy son:

Colin Firth para la serie de TV de la BBC, “Orgullo y prejuicio”, año 1995.
Matthew Mcfadyen, en la película “Orgullo y prejuicio” de Joe Wright, en 2005.

Me quedo con Colin Firth. Es fiel al personaje 100%. Es el Sr. Darcy.

Frases míticas de Fitzwilliam Darcy:

Ha de poseer todo eso, y aún algo más sustancial, mediante el perfeccionamiento de su inteligencia gracias a unas lecturas muy extensas.

Me ocupaba en cosas mucho más agradables. He estado meditando en el gran placer que pueden proporcionar unos ojos hermosos en el rostro de una mujer bonita.

Le doy gracias por haberme manifestado todo eso con semejante amplitud.¡según estos calculos mis faltas han sido grandes!Pero quizá esas faltas se habrían pasado por alto si su orgullo no se hubiera ofendido con mi honrada confesión de los escrupulos que durante largo tiempo me impidieron tomar una resolución. Habría evitado tan amargas acusaciones si yo,con gran politica, hubiera ocultado mis luchas, lisonjeandola con la idea de que me había visto impedido a este paso por inclinación y sin reservas por mi dictamen,por mi reflexión,por todo. Más aborrezco el disimulo de toda especie. No me avergüenzo de los sentimientos expresados;eran naturales y legitimos.¿podía usted esperar que me agradara la inferioridad de sus relaciones,que me regocijase con la esperanza de parentesco cuya condición esta tan a las claras inferior a las mías?
En vano he luchado. No quiero hacerlo más. Mis sentimientos no pueden contenerse. Permítame usted que le manifieste cuan ardientemente la admiro y la amo.

No podría decirte qué momento, qué lugar, qué mirada o qué palabra sirvieron de base. Hace ya demasiado tiempo. Lo que sí sé decirte es que para cuando me di cuenta ya estaba metido hasta el cuello.